JabalíDigital

A modo de presentación

Diciembre 15, 2003

Era una ciudad de edificios romos, antiguos, con los bordes desgastados por las miradas de generaciones. Graníticos, hechos de bloques titánicos, gris… Noté un zumbido que provenía de todos lados, pero sobre todo de uno y el agua, rota en espuma brava, comenzó a desbordarse por la azotea del edificio que tenía tras de mí. Era un terrible maremoto. Yo sabía que era un aviso del Apocalipsis porque yo lo había provocado en cierta manera. Me había apoderado del mundo pero yo no lo sabía, corría indiferente por las calles de aquella ciudad hasta que comenzó el maremoto. Corrí por los soportales en busca de una estructura sólida, más sólida. Trepé, salté, me arrastré, podía sentir la cercanía devastadora del monstruo de oxígeno e hidrógeno. Oía los gritos desconsolados de los que se veían arrastrados y de los que comprobaban que su ventana era una guillotina. El agua alcanzaba alturas descomunales, lo invadía todo. Al mismo tiempo, un tremor descoyuntaba los edificios y hacía que se cayeran bloques enteros o que las columnas saltaran en pedazos. Pero por algún motivo a mí no me tocaba, corría y corría sabiendo en cada momento qué soportal era seguro, qué cornisa iba a aguantar.

Por fin cesó todo. Resultó en un paisaje de ensueño, en una ciudad recién emergida de los fondos de un río enorme y mitológico. El musgo verde de las pozas del norte adornaba las fachadas y las algas se descolgaban de las cornisas cual adornos de navidad marinos. Olía como después de una tormenta de verano. Limpio, húmedo, terroso. Todo era silencio y una terrible paz me envolvía. Como el que se sabe elegido y a salvo.

Un hombre estaba apoyado en una pared con el sombrero bien calado que caía hacia un lado de la cara cubriendo su rostro. Fumaba con fruición y tenía una mano metida en el bolsillo de su elegante gabán. Me llamó y yo me acerqué a él. Al descubrirse comprobé que, por cara, tenía una sardónica fila de dientes que parecían sonreír soberbiamente. Y volví a correr. Entré en un edificio que aun continuaba en pie. En los pasillos, junto a contenedores volcados, encontré mi teléfono móvil y tres más formando una flecha que parecía indicarme el camino. Los cogí. Al final del pasillo, en la habitación indicada por la flecha encontré a tres jóvenes. Fanfarroneaban, se insultaban y me miraban con desprecio. Sin mediar palabra comenzaron a golpearme con el marco roto de una ventana. Tras cebarse a gusto, me robaron tres de los teléfonos móviles. Los vi allí, sacando fotos que nunca enviarían a nadie e intentando llamar a personas que ya no existían y en ese momento pensé: ¡Qué fácil os puedo convencer de vuestro propio poder! Y seguí andando por los pasillos. En otra habitación encontré a una familia negra. Eran unos 10 miembros y la mujer se afanaba por llenar los platos de transparente sopa. Todos me miraban con pena, sin esperanza, como si supieran que la siguiente llamada que iba a realizar con mi teléfono móvil desataría el verdadero Apocalipsis. El maremoto final que borraría aquella ciudad de la existencia y de la memoria.

Adriano Morán a las 01:38 :: Comentarios (0) :: TrackBack (0)
:: »

Comentarios de los lectores:

Publica tu propio comentario si lo deseas

  • Por favor, intenta que tu comentario guarde relación con el asunto tratado en el artículo. Los comentarios insultantes o fuera de lugar serán borrados.














  • Jabalí Fotolog