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IsL: Tez blanca

3 de Septiembre 2004

De nuevo, es de noche. El único ruído que rompe el aire es el corretear frenético y veloz de una cucaracha americana. De donde vendrás, cabrona, piensa. Seguro que sois más, muchas más y que tu eres la zapadora. La enviada de un mundo que se aventura en el mío para averiguar si estoy dormido o si sueño despierto. Millones de años de evolución te hacen superior a mi, pueblas todos los rincones y sobrevives semanas sin tu cabeza.

El insecto se detiene sobre los restos de un trozo de buey añejo y comienza a mover sus antenas. De inmediato, como respondiendo a una llamada sutil y telepática, otras tres enviadas surgen como de la nada. Son grandes e inteligentes. Otean el aire con sus antenas articuladas. Es vuestra, piensa. Yo ya no tengo hambre.

Como cada noche sale a la calle. Otra vez, se embucha en el gabán, llueve. Un halo iridiscente envuelve los farolillos y piensa que sólo él puede apreciar esa infinitud de colores neblinosos y mates. Son momentos agradables en los que el pecho se abre para absorber todos los aromas que el día no comprende. En su trayecto se cruza con los habituales. Movimiento de cabeza... Al fondo de la calle, ya casi a punto de llegar a su marquesina ve una figura. No le gusta, es suya y de nadie más. Es un hombre de tez pajiza, calvo y de ojos terriblemente grandes que le observan sin pudor, unas ojeras amarillentas envuelven aquellos ojos sin pestañas. Sólo un tic modifica la expresión pétrea, es un movimiento leve pero rítmico de las aletas nasales, más propio de un sabueso que de un humano. De pronto comienza a gritar, no comprende lo que dice pero, sin duda, se dirige a él. El eco retumba en las paredes de la calle silenciosa que devuelven el sonido amplificado. Cada vez más fuerte, cada vez más desesperado... De pronto comprende que sólo lo oye él, nadie se asoma a los balcones. Ni siquiera el hombre travestido de mujer caduca. Nadie. Cuando cree que ya no puede soportarlo más el grito cesa y la figura desaparece tras una esquina, caminando hacia atrás sin dejar de mirarlo. Tez blanca hace aparición en escena sembrando el desconcierto.

Al poco, el tremor seco y sordo del autobús inunda las calles, devolviéndole a su rutina labrada tras meses de trabajo.


Desde este capítulo el lector puede elegir entre la felicidad relativa o la tristeza del desencuentro, más amarga pero quizás más intensa.
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