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Los sueños de la duermevela III
Era un entorno pedregoso, roído por el musgo húmedo del norte. Corría desnudo entre peñascos, cortados calizos, helechos... Personas sin rostro se apostaban en la ribera del río para preparar paellas que no podrían comerse. Corría. Era feliz... con un pedazo de buey triturado en una mano y un código civil en la otra. A lo lejos se podía divisar una enorme estructura que se alzaba por encima de las copas de las encinas y de los robles. Parecía la cúpula de un gran observatorio astronómico, pero estaba ciega, carecía de aberturas y de estructuras móviles. Al entrar, un hombre con un salacot dorado guiaba a un grupo de turistas japoneses hacia un enorme telescopio. Mientras observaba por el objetivo explicaba a los turistas lo que estaba viendo: El cúmulo del pesebre, Abell, M51, eta carinae, las columnas de la creación, la duplicidad de Deneb. Postrado con mi quilo de carne y mi mamotreto comencé a explicarles, entonando una sonora jota aragonesa, que resultaba imposible observar todo aquello a través del grueso cemento de la cúpula. El guía respondió que un hombre con mi aspecto no estaba en disposición de decirle que su magnífico telescopio no era capaz de atravesar las más duras paredes y, además, me pidió educadamente que abandonara el lugar ya que ni había pagado la entrada ni era japonés.
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