Alberto hace las Américas. Relato.
Este relato lo escribí hace años, pero le guardo un cariño especial. Por si no os apetece leerlo está disponible en audio, procedente de una lectura de La Rosa de los Vientos, en el radioblog.
Aquella mañana Alberto había recogido toda la impedimenta de su aventura americana, desde el avión recordaba las calles aun húmedas y misteriosas, calladas y vacias del Londres que le había visto luchar y amar. La ciudad en la que se dejó la piel a tiras trabajando como friegaplatos y en la que se había emborrachado y cantado. Las tabernas oscuras, los edificios silenciosos, repletos de mujeres exóticas a las que no había tenido tiempo de conocer, los hoteles, el Carlton, el Ritz, paradigmas del lujo a los que acudió en múltiples ocasiones por motivos poco honestos, permanecían impávidos en su silencio; aunque él, en un arranque de poética y pretenciosa melancolía, pensaba que su callada no era sino respeto y que la impavidez era la ceremoniosa despedida de un hijo pródigo.
Las nubes transitaban raudas frente a las ventanas de gruesos cristales del reactor. Junto a él, un sesudo matrimonio repasaba un tratado de historia inglesa. El hombre, enjuto y calvo, recitaba en voz alta, en un perfecto inglés, el hundimiento del white ship y el atroz incendio de 1666. La mujer, una gallega de cintura descomunal y mofletes sonrosados escuchaba extasiada a su culto marido.
Aquellos animales felices dejaban frío a Alberto que no paraba de pensar en Shelly, la que él consideraba su mayor conquista y que se había convertido en una verdadera obsesión desde que tres días antes la conociera en una ópera de Berlioz. Por eso, el esperado regreso a casa se volvía gris y ciertamente melancólico. El recuerdo de sus amigos, de su familia y de su novia de siempre se deslizaba por los toboganes de su cerebro, lubricados por la lujuria y el calor, el olor y el recuerdo de la voz meliflua y fatal de Shelly. Su inminente ingreso en la universidad muy lejos de causarle satisfacción, le molestaba. Se había jurado a sí mismo olvidarla, apartarla de su memoria, porque no podía soportar el dolor de la presencia alejada y a la vez cercana, de la certeza de saber que su amor era enorme y mutuo.
Tenía su número de teléfono y por un momento sintió la imperiosa necesidad de llamarla, de escuchar su voz erótica y milagrosamente modulada. No pudo más. Avisó a una de las azafatas y le explicó que debia hacer una llamada urgente a tierra, la azafata le advirtió de las elevadas tarifas, pero a él no le importaba, debía oir su voz. Le condujeron a una cabina especial para tal efecto y marcó el número ansiosamente. La espera de los tonos monótonos y eléctricos se hizo eterna, pero al fin Shelly respondió. La congoja interrumpía el discurso de Alberto, y comprendió que ella tambien lloraba, que sentía exactamente lo mismo que él. Shelly le suplicó que regresara, que vivieran la vida juntos y Alberto comprendió que nunca sería feliz sin ella. Absolutamente seguro de lo que debía hacer, tomó la firme resolución de regresar a Minneápolis y la esperanza le invadió por completo. Todas sus preocupaciones desaparecían ante la promesa de la felicidad, ante la sola evocación de un futuro en el que Shelly sería suya para siempre.
Pero algo ocurrió, el avión cambió repentinamente de rumbo. Alberto sólo fue consciente de la enorme crueldad que el destino le había reservado cuando divisó a lo lejos la primera torre gemela humeante de horror y espanto y, entonces… comenzó a reir.
:: Archivado en Relatos a las 20:22 ::
« :: »
Otros artículos archivados en la categoría Relatos:
Una fábula del futuro - Ene 12, 2006
La Secta del Profeta - Abr 11, 2005
Relataria - Feb 15, 2005
La muralla flexible - Ene 09, 2005
El sorteo (5) - Dic 04, 2004
El sorteo (4) - Nov 20, 2004
El sorteo (3) - Nov 15, 2004
Pub
Comentarios de los lectores:
1. Publicado por maria:
Creo q el destino no existe, nuestras vidas estan regidas por el azar y la casualidad
14 de Julio 2005 a las 12:49 AM #





