El sorteo (1)
Unas tijeras, sellos, varios sobres de distintos tamaños. Fulgencio Baladí tenía la tremenda obsesión de participar en todos los sorteos que estaban a su alcance. La manía procedía de la infancia, lúgubre, fue un niño de piso. Porque hay niños de piso y de campo, como sucede con los perros. Los niños de piso, televisión y merienda a las seis son más taciturnos que los que corretean en busca de murciélagos dormidos o de ranas a las que introducir petardos por el culo. Sin duda Fulgencio era taciturno y recordaba con un agrado casi enfermizo aquel cajón lleno de tapaderas de yogur y de cupones de los cereales que se amontonaban ordenadamente a la espera de ser enviados en grupos de veinte, cincuenta o cien. A más cupones, más posibilidades.
Con cincuenta años no había logrado nada en la vida, o al menos eso le decía su mujer, una sevillana que, a los veinte, cuando la conoció parecía simpática pero que ahora se había convertido en una metáfora del tedio, en un odre lleno de grasa y de frustración. Por eso, para luchar contra esa porquería de destino, recopilaba todos los cupones, productos, tickets de compra y teléfonos que contuvieran la promesa de un viaje al caribe, un coche o algún puñado de euros. No es que necesitara el dinero -su sueldo de prejubilado del metal cubría holgadamente todos sus gastos- pero se imaginaba a sí mismo saliendo en el informativo local mientras recibía tal o cual premio de manos de una bella y sonriente azafata y surcando el mediterráneo en un buque de tercera sabiéndose el ganador de un sorteo.
La sevillana tenía razón. Gastaba demasiado dinero en comprar artículos tan sólo para recortar la prueba de compra. La otra semana sin ir más lejos, adquirió unos tampones porque así entraba en el sorteo de una fabulosa noche con un artista a elegir. El problema es que a Fulgencio no le gusta la música, y Herminia hacía lustros que dejara atrás la sudorosa menopausia. Eran años de hartazgo y de rutina, de afeitarse, desayunar, acaso masturbarse, pasear con el perro jorobado, comprar al periódico, comer, dormir la siesta, jugar al mus... un día tras otro, tras otro, tras otro. La única emoción que le deparaban las tediosas horas era la de consultar el buzón en busca de la carta soñada. Pero nunca llegaba.
Un día, mientras se dirigía al bar, decidió cambiar la ruta. Le habían dicho que un nuevo quiosco traía las últimas novedades editoriales, revistas de astronomía, de coches, de adolescentes, de yoga tántrico... todo un mundo de sorteos al que nunca había tenido acceso. Pero mientras se distraía limpiando una mierda de perro que se había quedado atrapada en la suela de su zapato vislumbró una librería que hasta entonces no conocía.
Continuará...
:: Archivado en Relatos a las 22:29 ::
« :: »
Otros artículos archivados en la categoría Relatos:
Una fábula del futuro - Ene 12, 2006
La Secta del Profeta - Abr 11, 2005
Relataria - Feb 15, 2005
La muralla flexible - Ene 09, 2005
El sorteo (5) - Dic 04, 2004
El sorteo (4) - Nov 20, 2004
El sorteo (3) - Nov 15, 2004
Pub
Comentarios de los lectores:
1. Publicado por dolores:
Me queda algo lejos jejejeje
14 de Octubre 2004 a las 06:51 PM #
2. Publicado por belaaziz:
hola
25 de Febrero 2007 a las 04:26 PM #





