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El sorteo (2)

18 de Octubre 2004

Leer la primera parte de "El Sorteo".
Era una de esas tiendas mohosas, las pilas de libros impiden el paso a zonas desaprovechadas, los mamotretos se amontonaban en una suerte de azar ordenado, quizás estos corresponden a tratados cabalísticos, aquellos pueden contener los tratados de Cagliostro, y los de más al fondo quizás diluciden las obras de Fulcanelli, exiliadas de la ciencia exacta que aparece en el estante de la izquierda. El librero como no podía ser de otra forma, vestía una chaqueta de pana con los codos desgastados y lucía unos quevedos mellados en su simetría circular.

-¿Qué desea?- poseía una voz dulce, culta y escrutaba a Fulgencio por encima de los gruesos vidrios.

-Verá, venía buscando alguna revista, fascículo o similar que incluya algún sorteo promocional- Fulgencio no comprendía, por obcecación o por pura idiotez, que se hallaba en un templo del saber. El librero se sintió ofendido de que aquel desconocido obviara lo que tenía alrededor y le preguntara por algo tan absurdo, frívolo y vulgar. Pese a todo, su trabajo era vender y recordó aquel pedido trasnochado de revistas de ocultismo que le llegó tal día como aquel pero cinco años atrás.

-Es curioso, ahora que lo dice tengo una publicación en algún lado...- Rebuscó entre una pila interminable de ediciones finas y carcomidas, -Efectivamente, aquí está, lleva mucho tiempo en este montón pero según parece se trata de una edición quinquenal, por lo que supongo que este cupón que aparece en la portada todavía estará vigente-. Fulgencio observó con ojos de perito el cupón dorado con ribetes ondulados y decidió que aquella era su oportunidad. Tenía la certeza de que aquella revista de extraño nombre no podía tener demasiada tirada y que sin duda, todas las demás se hallaban en otras tantas librerías sin nombre.

-Me la llevo.- Estaba eufórico y entregó veinte euros al librero que, mirándolo con gesto extraño se apresuró a atrapar el billete.

-Que tenga usted suerte caballero.- Fulgencio salió de la biblioteca al son de los cascabeles que coronaban el dintel, sin despedirse y aferrando con fuerza lo que de seguro iba a ser su pasaporte a una vida nueva, cargada de emociones.

Por Adriano Morán :: Enlace a este artículo :: Comentarios (2) :: Referencias (0)
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Comentarios de los lectores:

1. Publicado por Carmen:

PARALELISMOS

Fulgencio Baladí cuando era niño vivía en un décimo piso, lejos de la tierra y cerca de sus sueños. Frente a su casa, en el portal de la izquierda, vivía una niña similar a él, la misma edad y el mismo carácter taciturno de los que son como perros de ciudad. También las meriendas y la rutinaria programación de la televisión, eran toda la vida de Marina. Ella se sentía desgraciada, encerrada entre las fauces de la ciudad y el aburrimiento, pero nunca pensó que el azar escondido tras la etiqueta de un yogurt, le haría cambiar su mala fortuna. Marina se refugiaba tras la ventana de su habitación, desde donde contemplaba los árboles del paseo. Observaba como crecían poco a poco las hojas, lentamente, día a día, desde el vacío vertiginoso del invierno, hasta los primeros brotes de la primavera. Así esperaba a que llegara el verano, para sumergirse en la profundidad del mar y buscar un azul cada vez más intenso, en el que sentirse libre.

Ahora, a pesar de haber cumplido más años de los que suele reconocer una dama, seguía soñando con alcanzar esa meta en el infinito. No sabía hasta donde la llevaría su inquietud, pero sí podía recordar los múltiples caminos por los que había tenido que correr para huir del invierno de su niñez. Le parecía haber tenido tantas vidas distintas, que no entendía cómo podían caber en tan sólo medio siglo de edad. Uno de sus muchos trabajos, fue en un buque de investigaciones subacuáticas, en él esperaba explorar el abismo azul. A bordo del navío conoció pueblos y gentes de lugares remotos, personas que todavía lo eran, almas puras sin contaminar por la ambición. Necesitaba gritar lo que sentía al mirar los ojos de aquellos niños. La imagen de esas pupilas negras y profundas, no podía morir en el espejo de su mirada. Estudió periodismo para tener su propia voz, pero pronto la silenciaron. La contrataron en un periódico para escribir el horóscopo, luego pasó a la sección de belleza, y más tarde a rellenar las páginas rosas de una revista de gran tirada, tras años de espera, llegaron las noticias serias y con ellas los silencios impuestos por la línea editorial. Su ira se fue acrecentando y se somatizó en una grabe enfermedad que le afectó a las cuerdas vocales. Marina volvió a cambiar de rumbo y se alejó en silencio.

Se refugió entre libros, en la casa donde había vivido con sus padres. El mismo barrio, las mismas calles, los relojes sonando monótonos al unísono.... Lo único que parecía haber cambiado era ella. Marina vivía alejada del mundo, disfrutaba de su tiempo, marcando su propio ritmo, dueña de la cadencia de sus actos. Estaba completamente sola, acompañada exclusivamente por páginas y páginas, en las que sumergía la mirada día y noche. Entre las letras impresas, encontró un nuevo abismo donde buscar su destino y su sentido.

Había conocido a muchos hombres, pero no dejó que ninguno se instalara para siempre. En el amor, como en su vida, había sido fiel a sí misma, nunca se engaño, ni se dejó arrastrar por los ritmos que impone la edad, siempre supo que se convierten en odiosa rutina. Recordaba el sexo con anhelo y seguía soñando con encontrar a esa persona de alma inquieta, profunda, e inabarcable. Pero en su soledad se sentía feliz, siempre le horrorizó verse amarrada al esperpento de su sueño y ella era libre.

Le gustaba dar largos paseos, observar las copas de los árboles, y respirar el aire fresco, de ese invierno que antes tanto odiaba. Se sentía bella a pesar de la edad y se miraba coqueta en el cristal de los escaparates. Un lunes cualquiera, mientras comprobaba lo bien que le sentaba el abrigo, su imagen se comenzó a desdibujar. Como lo haría el objetivo de una cámara, su vista dejó de enfocar el reflejo del cristal y le obligó a ver el interior de la librería. Allí junto al mostrador, estaba su compañero de rutinarias horas de infancia. Estaba cambiado, algo más gordo, y con tantas arrugas en la cara, que se podía adivinar la cantidad de horas que había fruncido el ceño durante su vida. Estaba viejo, pero no había duda de que era él, Fulgencio Baladí.

La visión se volvió a desenfocar y la imagen de él, comenzó a fundirse con la de ella reflejada en el cristal. Marina sintió un frío vacío en los huesos. Habían acabado en el mismo sitio, ella que había quebrado todos los caminos que le imponía la rutina, y él que se dejó llevar por la monotonía. Marina que se había enfrentado a su destino para elegir su propia meta, que había recorrido el mundo entero, que había buscado su vocación en cientos de oficios, y que no se había dejado engañar por un amor pasajero, y Fulgencio que había asumido lo que la vida decidió por él, que nunca se planteó su vocación, que se casó porque llevaba muchos años de novio, y que su única esperanza era que el azar en un sorteo volviera a decidir su destino, habían llegado al mismo lugar.


Marina no le dirá nada a Fulgencio, y él puede que nunca la vea. La decisión es de Adriano, que para eso es el autor de “El Sorteo”, un relato que me ha hecho reír y pasar un buen rato. Al leerlo recordé esta historia que os he contado, una vida paralela a la del protagonista que espero no os haya aburrido. Por cierto, Marina todavía guarda algunos secretos que no conocéis.

18 de Noviembre 2004 a las 09:27 PM #
2. Publicado por yolanda:

Genial

31 de Diciembre 2005 a las 12:05 PM #

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