El sorteo (4)
Leer anteriores entregas del relato "El Sorteo": (1), (2) y (3).
Fulgencio Baladí siempre fue un indeciso. La pereza se había instalado en él desde muy joven y se dejaba llevar por la vida como el tronco hueco que termina atorado en cualquier meandro de un río cruel y poderoso. Si miraba atrás no veía más que escenas que bien podrían haber sido de cualquier otro. Cenas en familia, anodinas fiestas de cumpleaños, el nacimiento de los hijos –ya casados y ausentes-, las escasas noches de sexo animal tan perdidas en los toboganes de sus recuerdos... Necesitaba sentirse diferente y pensaba que no lo era desde hacía décadas.
Ya había recortado el cupón ribeteado y caminaba por la calle esquivando a las putas que hacían imaginaria en los portales lúgubres de la Calle del Miedo. A lo lejos, sentada en un banco había una mujer que le miraba. Le sonaba vagamente su rostro, era rubia, demasiado elegante para haberse rozado con él en la vida y tenía una mirada escrutadora aunque tímida. Cuando estuvo a su altura, entre choperas remarcadas por palomas en celo, le vino a la cabeza la imagen de una niña. De pronto recordó aquellos escarceos bajo las mesas camilla de la brisca, cuando jugaban a buscar los céntimos entre los flecos de las alfombras de medio pelo, aquellas quemaduras con los braseros, acaso un roze de la rodilla, una imagen fugaz de la ropa interior, una rodilla magullada por el patio a medio asfaltar del colegio... Era Marina. Sintió una sensación de juventud que envolvía todo su cuerpo, los músculos rejuvenecían, la ilusión del descubrimiento retornaba íntegra, como lo fuera antes de perder la curiosidad. En un lapso de apenas un minuto recordó cómo era él. Inquieto, puro, lleno de energía. Repleto de aquellos sueños que fue sustituyendo por efímeros placeres y por incontables perezas, demasiados déjalo estar, mañana será otro día, mañana lo conseguiré. Ese minuto insondable destrozó por completo sus últimos treinta años de existencia y comprendió que lo había mandado todo a la mierda por hacer lo que los demás consideraban correcto.
No es que Marina y él hubieran tenido nada, pero siempre pensó que fue debido a su timidez. Y no se lo perdonaba porque estaba enamorado de ella como sólo se puede estar a esas edades. Jugaba a poner su nombre a las estrellas y ese tipo de estupideces que hacen de los primeros amores los mejores. Cuando ella se fue, ya con dieciocho años, estuvo a punto de partir tras ella. Durante mucho tiempo se arrepintió de no haberlo hecho, y cuando dejó de arrepentirse fue porque ya estaba muerto en vida, la normalidad y el tedio ya habían vampirizado sus ilusiones.
En ese momento no supo reaccionar. Sin pensarlo se giró hacia la mujer que le observaba con una mirada plácida y sincera. Petrificado sólo pudo farfullar unas sílabas:
-Ma...¿Marina?
-Sí Fulgencio, soy yo, anda ven y dame un beso y no te quedes ahí de pié como un idiota-. Marina intentaba recordar a aquel joven, con el atractivo que da la timidez, que le regalaba flores rotas y que se peleaba por ella cuando los demás intentaban propasarse. Pero ahora Fulgencio Baladí era uno de esos señores que se mimetizan con los asientos de los autobuses y que parecen haber nacido para jugar al dominó bajo un jamón a medio curar. Las tremendas bolsas de los ojos, la mirada acuosa del que mira pero no ve, la calva reluciente salpicada de pelos descuidados, la voz temblorosa... Observó que aferraba una revista como un borracho se agarra a su botella e, intentando apaciguar la complicada situación, le preguntó por ella.
-¿Qué llevas ahí Fulgencio? ¿Todavía coleccionas sellos?- Fulgencio pareció despertar de un sueño y de un salto se sentó junto a Marina. Le explicó que aquello era una revista con un sorteo muy especial que iba a ganar. Le habló de su pálpito y de las decenas de pruebas de compra, de las tijeras oxidadas y, aunque no lo dijo claramente, de su vida miserable de sufrimiento y de cansancio. Marina le observaba con lástima y pensó que le iba a ser muy difícil desenterrar a aquel joven que había conocido.
Esta entrega de "El Sorteo" es continuación y vano intento de estar a la altura del comentario magníficamente escrito por Carmen en El Sorteo (2). Carmen decidió que Baladí no debía estar sólo en esta narración y yo estoy totalmente de acuerdo con ella.
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1. Publicado por Carmen:
Lástima, ternura, vergüenza ajena, curiosidad. Muchos sentimientos se agolpaban en Marina mientras escuchaba las míseras inquietudes de Fulgencio. Hablaba emocionado, sin hacer pausas. Por momentos sus palabras se convertían en una monótona música de fondo, sonando al tiempo que ella recordaba los episodios de su niñez junto a él.
El olor a café, las pastas sobre la mesa camilla donde jugaban, la respiración profunda de su padre con la cabeza recostada sobre el sillón, el ruido de los cacharros que su madre fregaba en la cocina, y lejos de los ojos de todos, el calor que se instalaba entre sus piernas, cuando la pequeña mano de Fulgencio se posaba disimulada sobre su rodilla, para avanzar tímida hacia un objetivo que nunca alcanzaba. El miedo a que la vieran, a conocer y desvelar los secretos que escondía su propio cuerpo, la curiosidad por descubrir el misterio que se ocultaba tras sus braguitas de ganchillo, eran sensaciones que le habían valido de estímulo, para paliar las carencias de algún mal amante y para pasar noches de intimidad solitaria. En sus fantasías, dejaba que la mano descubriera poco a poco su secreto, rozando levemente la puntilla de su ropa interior. Le gustaba recrearse en aquella sensación de explorar un lugar prohibido y oculto, dejar que ganara el deseo en la pelea que mantenía con lo correcto. Sus recuerdos la ruborizaban, pero Fulgencio embriagado con su propio monólogo no lo advertía. Tampoco notaba la lluvia que comenzó a caer sobre ellos, unas gotas suaves que se fueron acrecentando hasta convertirse en un chaparrón.-Fulgencio, ha comenzado a llover
Convulsionado, como el que se despierta repentinamente de un sueño, contestó: Perdona no me había dado cuenta.
Se levantó apresurado y ella le suplicó: No corras. Ven conmigo. Todo estaba en silencio, solo se oía el Toc,Toc,Toc de la lluvia sobre el asfalto. No había nadie por la calle, todo el mundo estaba refugiado o escondido. Marina siempre sintió el deseo de dejarse mojar por esas gotas del cielo, notar el agua caer por su cuerpo, sentirse como un charco o una roca mojada, parte de la naturaleza. Y allí estaban los dos, empapados, con los ojos elevados al cielo y los brazos abiertos, dos niños cincuentones riendo borrachos de humedad.
Al llegar a su casa, Fulgencio estaba calado hasta los huesos. Abrió la puerta y encontró a su esposa. Era una de esas mujeres que nacen con el objetivo de casarse, tener hijos, engordar, embadurnarse de cremas, ponerse rulos, hacer dietas, saltárselas, emperifollarse los días de fiesta con demasiadas joyas y camisas doradas, y aburrir a un amante calvo y gordo como él. Allí estaba, de pie como un sargento de pelo en bigote, sorprendida de verlo llegar así, equipada con bata, calcetines, zapatillas y toquilla, el uniforme que solía utilizar para estar en casa los días de invierno. Al verla, Fulgencio comenzó a reír a carcajadas y no podía parar. Tuvo que sentarse y contener su barriga para soportar la risa. Su aspecto le parecía más ridículo que nunca. Era como sí la joven con la que se casó, se hubiera transformado en cuestión de segundos en ese esperpento de mujer, a la que le parecía no haber visto jamás. Ella sorprendida pensó que su marido se había pasado de vinos en la partida, se alejó de él refunfuñando entre dientes, y se encerró en su habitación con un portazo. Las risas de Fulgencio retumbaban en el salón, el eco de sus carcajadas rebotaba en las fotos de sus hijos de comunión, en el cuadro de caza que colgaba sobre la mesa de comedor, en las figuras del todo a cien que decoraban las estanterías, y en su propia cabeza. Ja, Ja, Ja, Ja....
21 de Noviembre 2004 a las 12:54 PM #
(Esta vez sobran los cumplidos.
Gracias por haber dado voz a Marina)





