Minúscula gota carmesí

II
-Primero- dijo –me la tiré, y cuando terminé, le enseñé la placa y echó a correr como un conejillo por el campo, con las bragas bajadas que le hacían tropezar-.
El comentario tuvo éxito entre los avezados hombretones que se carcajeaban de un modo violento y, no obstante, algo nervioso. Todos parecian disfrutar con la bella peripecia de su compañero, pero yo obserbaba a través de las ventanillas tintadas la oscuridad de la noche, veía pasar las líneas de la carretera que me provocaban una especie de hipnosis leve y desagradable, la luna se rasgaba detrás de una hilera de pinos, era una luna fría, vacía de todo romanticismo. Al fondo, una ciudad se descolgaba por la montaña con sus luces tintineantes. De pronto sentí un gran temor, no quería convertirme en un ser descarnado y sin ninguna compasión como aquellos desgraciados. Los veía reír, fumar compulsivamente. Uno de ellos comenzó a tararear una canción y fue entonces cuando pensé que esa no es forma de morir.
Una llamada nos había alertado esa misma noche a las 4:55, procedía de un teléfono móvil y la voz, por llamarla de algún modo, suplicaba ayuda entre sollozos incomprensibles. Más tarde supimos que aquella voz pertenecía a Dolores Blasco Madrigal, madre de los dos niños muertos. El informe forense nos confirmó lo que ya sospechábamos: Se hallaron dos uñas clavadas en la tapicería que rodea la palanca de la ventanilla. Cuando el coche comenzó a arder, Dolores continuaba con vida.
Sabía lo que me iba a encontrar, un policía me lo había descrito a la perfección, con todos los detalles que la muerte deja a su paso. De camino recibí consejos de los compañeros forenses - demasiado habituados a la muerte- que me prevenían de lo desagradable que eran los primeros encuentros con la carne quemada, sobre todo cuando esa carne pertenecía a un niño. Pero a ellos no parecía importarles demasiado. Bromeaban y se hacían chistes.
Fue un informe escueto y técnico. El Opel Kadet con matrícula LE-2434-AD invade el carril contrario chocando a más de 150 km/h con el Audi A4 matrícula M-5500-BB. Resultado: cuatro muertos.
Informe 2001c4. Siniestro:
1. Gumersindo Pelaez Vázquez, de 35 años de edad, natural de Guadalajara, conductor del Opel Kadet, muerto por múltiples mutilaciones y traumatismos craneoencefálicos.
2. Manuel Francisco Madrigal, de 2 años de edad, falleció a causa de un fragmento de salpicadero de 12 cm que penetró por la cavidad derecha de la nariz, produciendo daños mortales en el cerebro.
3. José Francisco Madrigal, de 12 años de edad, muerto por calcinación, múltiples mutilaciones y traumatismos craneoencefálicos.
4. Dolores Blasco Madrigal, de 37 años de edad falleció por asfixia y múltiples quemaduras al arder el Audi A4 siniestrado.
Huí de allí tan pronto como pude, el refulgir de las sirenas, el terrible ruido de las radiales que cortaban el metal con sus afiladas cuchillas, el ir y venir de personas muy serias y profesionales que tomaban nota aquí, medían allá, las miradas entre morbosas y asustadas de los conductores que pasaban a pocos metros, el olor, aquel olor… me estaba volviendo loco.
El camino de vuelta a casa no fue nada fácil. Monté en el coche pero en mi conciencia permanecía el recuerdo de los dientes de la madre, único factor blanco en aquella multiplicación de oscuridad. El horrible rictus de la boca, que parecía suplicar se me había grabado a fuego en la memoria. Estaba en estos pensamientos cuando me vi a pocos metros del arcén contrario. Un camión se acercaba a toda velocidad y sólo gracias a un reflejo primario que me hizo girar bruscamente el volante evité el choque. Me detuve unos metros más adelante, en un llano que se abría junto a la carretera y allí intenté tranquilizarme. La sangre producía un ruido frenético al circular por mis oídos."Tranquilo" me dije "al fin y al cabo es tu trabajo, tú lo elegiste, no pasa nada, todos los días muere gente en la carretera", pero yo era joven y este era mi primer caso, mi primer levantamiento de cadáveres como juez de guardia, y mi primer, aunque ni por asomo el último, enfrentamiento con la muerte.
No me sentí con fuerzas de volver a casa en mi coche. Creí más oportuno llamar a un taxi. Cuando llegó, se encontró a un hombre rodeado por un círculo de cigarros a medio consumir. Observé con desagrado que se trataba de un Opel Kadet, pero ¿Qué podía hacer? ¿Esperar una hora más? Resultó ser una mujer, pero con todas las malas costumbres de sus compañeros masculinos. Parecía aburrida ya que no paraba de hablar y de hacerme preguntas que yo respondía con monosílabos o con interjecciones. Era inútil... la taxista carecía de la virtud de la empatía y continuaba hablando y hablando.
- Por cierto- exclamó -¿ha visto usted el accidente del kilómetro 18? ¡Ha sido la leche! ¡La han palmado cuatro o cinco, creo!-
No pude más y le sugerí la posibilidad de permanecer callada lo que restaba de trayecto. Me miró muy contrariada y a continuación dibujo en su rostro una falsa expresión de dignidad mancillada que me resultó muy cómica proviniendo de una persona llamada Felicidad Fernanda Fuentes. Al fin, tras una hora y media de miradas cruzadas en el espejo, llegamos a mi destino.
-Qué se debe- pregunté.
-Pues, por ser usted 40-. El taxímetro marcaba 33 euros sólamente, pero preferí no discutir, deseaba llegar a mi casa y hundirme en los brazos de María para llorar a gusto y olvidar toda aquella pesadilla.
III
La calle estaba completamente vacía, como sólo lo pueden estar las calles de las grandes ciudades una o dos horas antes del amanecer. Los pájaros mañaneros invadían el silencio con sus cantos impertinentes. Comprendo que estos chillidos insoportables agraden a muchos, posiblemente amantes satisfechos y sudorosos, madrugadores empedernidos o juerguistas trasnochadores, pero ninguno de ellos había levantado cuatro cadáveres esa misma noche. El ruido de las llaves al atravesar los engranajes de la cerradura me pareció ensordecedor, todavía estaba profundamente exaltado por todo lo ocurrido. Caminé despacio, atravesando con cuidado la estancia para no tropezar con la multitud de muebles victorianos que María coleccionaba.Creo que no he hablado de María. Ella es mi luz, el destino final al que se encaminan mis pasos. Realmente no concibo la vida sin su olor después de hacer el amor, sin la curva de sus senos cuando la luz penetra vagamente entre las ventanas. Mis noches no existirían sin las interminables horas de placer, sin el sudor que resbala por su espalda para terminar en mi lengua... Sus piernas son el refugio de mi fuego y son símbolo, realidad y certeza de mi incierta felicidad.
Fui a colgar las llaves de la alcayata habitual, junto a la nevera, pero se resbalaron y cayeron al suelo rompiendo el silencio absoluto que reinaba en la casa. Me agaché para recogerlas y fue entonces, querido Doctor, cuando percibí aquel aroma profundo y demoledor. Muy nervioso accioné el interruptor de la luz y… ¿qué vi? Aquí se nubla mi sentido señor Doctor, por que lo que producía aquel olor era un enorme, coagulado y putrefacto charco de sangre de varios metros de longitud que se desparramaba desde la habitación contigua… ¡Desde mi propia habitación! Estaba recorrido de pisadas producidas por una bota militar de gran tamaño, lo adiviné por mi entrenamiento en investigación forense.
¿Cómo describir lo que allí encontré, si es la fuente de todos mis pesares y locuras, si todo lo recuerdo distorsionado como un cuadro de Drake emborronado por un sádico? Allí, como bien sabe, estaba María, mi mujer. La persona que había llenado mis noches en vela, que soportó mi agrio carácter durante las duras pruebas de mi carrera, mi bastón, mi vida, mi futuro. Allí estaba, tumbada en la cama, muerta, apuñalada en todo el cuerpo, con las facciones descompuestas y el rostro ensangrentado. Pero lo peor eran sus ojos que parecían mirarme amargamente desde la muerte. En el suelo, a los pies de la cama, se extendía otro cadáver, era un hombre fuerte, con un pasamontañas en la cabeza y guantes de cuero cubriendo sus manos asesinas. ¡De él provenía aquel charco de sangre, que parecía profundo como un océano! ¡Maldito sea! Parece que María, en un intento desesperado, logró asestarle una puñalada certera en el pecho con su abrecartas de oro… Entonces me desmayé, solo recuerdo que el asesino tenía el cuchillo ensangrentado en una mano y el círculo en la otra. ¡Si, lo juro, no estoy loco! ¡Tenía el círculo!
La policía había acudido a la casa del juez esa misma mañana, alertada por los conocidos de la feliz pareja que se extrañaban de no tener noticias suyas. Me encontraron boqueando junto a un teléfono descolgado, mi mirada ya no era de este mundo, no paraba de repetir: "la mano, el círculo ¡lo tiene!, La mano, la mano ¡el círculo!". Vieron a la mujer muerta. Muchos no lo soportaron y tuvieron que abrir las ventanas. Un rayo del sol matutino aprovechó para colarse y se reflejó en un objeto blanco que colgaba de uno de los dedos inertes y rígidos del asesino. El objeto se mecía al ritmo de un movimiento incomprensible, el dedo que lo sostenía llevaba horas muerto. Una minúscula gota carmesí rompía la armonía blanca y circular del colgante que, de pronto, se detuvo.
IV
- Esta bien, señor Juez, tranquilícese, tenga esta pastilla y tómela, verá como le hará bien. Lo que debe hacer ahora es dormir y descansar-. El Doctor Domínguez hablaba con la tranquilidad que le daban sus años de tratamiento con víctimas traumatizadas por sucesos especialmente dolorosos.
- Es fácil de decir, Señor doctor, es fácil de decir. Dormir y descansar, dormir y descansar, dormir y descansar. Nunca más, nunca más…- El joven juez entró en un estado de demencia profunda, comenzó a mover la cabeza de un lado a otro mientras repetía una y otra vez: "El círculo, vi el círculo, le digo que lo vi, era blanco, también…". El doctor llamó a los enfermeros y les ordenó que se llevaran al destrozado joven a la sala de observación y que lo sedaran fuertemente.
El doctor Domínguez recordaba muchos casos pero ninguno con tal acumulación de casualidades malignas en una misma noche. "Pobre hombre" pensaba para sí, "nunca se recuperará". Alguien llamó a su puerta y entró, era un empleado, un joven algo afeminado que se dirigió a su superior de un modo ciertamente despectivo:
- Doctor, aquí tiene el informe de la policía sobre el caso del chiflado-
-¡Un respeto Martínez!- Exclamó molesto el Doctor. El informe traía adjunta una copia del realizado días antes por el juez demente en el levantamiento de cadáveres de la A-325. Un conocido del Doctor Domínguez lo había puesto allí. En la primera pagina, en un Post-it, se podía leer: "Domínguez, lee los dos informes concienzudamente y fíjate en los datos, yo todavía no lo entiendo", firmaba un tal Mario.
El doctor, alarmado por la advertencia de su contacto en la sección de informes de la policía, comenzó a leer el informe del macabro siniestro, apuntando los datos más significativos. Cuando hubo terminado se enfrentó al otro, igualmente desagradable, que relataba los sucesos que rodearon la muerte de María, la mujer del juez. Algo llamó su atención:
Informe Pelaez 2001z3. Asesinato.
"Punto 3 del Informe Pelaez: Javier Pelaez Vázquez, de 45 años de edad, natural de Albacete, herida provocada por un abrecartas de 12 cm que penetró por la cavidad derecha de la nariz, produciendo daños mortales en el cerebro".
El doctor no daba crédito a lo que leía, la causa de la muerte se correspondía exactamente con la de uno de los niños fallecidos en el accidente de tráfico y la hora de la defunción era la misma. Pero eso no era todo: "Dios nos asista, se llama Javier Pelaez Vázquez" exclamó el doctor mientras hacía una llamada urgente a uno de sus colegas.
Los padres del asesino de María tuvieron que reconocer dos cadáveres aquella misma noche. La hora de la muerte de sus dos hijos, uno por arma blanca y otro en accidente de tráfico, las 4:55 de la noche del 18 de Agosto de 2004. La misma hora a la que María preparaba el regalo de aniversario del joven juez: Un colgante blanco y circular grabado con la frase: Siempre te querré. Nunca me olvides.
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Comentarios de los lectores:
1. Publicado por Antila:
Es macabro pero bonito. La parte que más me gusta es la definición de su mujer, me parece que nos conoces muy bien... a lo mejor es desviación por leer demasiadas obras romanticonas. Felicidades!!!
19 de Agosto 2004 a las 12:55 AM #
2. Publicado por Jabalí:
Vaya, ¿lo has leído entero? Crei que nadie iba a pasar de la mitad. Pues muchas gracias Antila. Yo no creo que sea macabro, es crudo, pero lo que quería conseguir exigía esa carga de desgracias. Y no... debo decirte que no os conozco. De hecho cada vez os conozco menos.
19 de Agosto 2004 a las 12:58 AM #
3. Publicado por Laura:
Para mi, es como si por un momento te huebieses detenido en uno de esos tantos casos que leemos al pasar en los diarios. Le pusiste una lupa y todos esos seres dejaron de ser estadisticas o titulares. Ya de por si eso constituia el relato.
19 de Agosto 2004 a las 03:33 AM #
El cìrculo, la mujer del juez, las coincidencias...esas tambien se dan..solo que siempre nos parecen tan lejanas cuando no son las propias.
Como simple lectora, me encantó el relato.
Saludos, desde Buenos Aires
Laura
4. Publicado por Jabalí:
Muchas gracias Laura, me halaga mucho que pienses así.
19 de Agosto 2004 a las 11:11 PM #
5. Publicado por Francisco:
Hombre, esperé un tiempo para que mi María (je, se llama asi) le diera una mirada. En realidad me has dejado pensando en cada accidente y en cada mundo detrás. El relato es de lo mejor, por cierto!
Saludos!
28 de Agosto 2004 a las 05:03 AM #





