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Dónde se va la energía: un inventario honesto de lo que nos deja secos

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Dónde se va la energía: un inventario honesto de lo que nos deja secos

Hubo una semana en que no hice nada extraordinario. No trabajé más horas de lo habitual, no tuve ningún conflicto serio, no me ocurrió nada malo. Y sin embargo, el viernes por la tarde estaba tan agotado que no podía ni sostener una conversación. Me quedé mirando el techo preguntándome qué había pasado.

Fue la primera vez que me hice la pregunta en serio: ¿dónde se ha ido mi energía?

No a dónde la había «gastado» —eso lo sabía más o menos—, sino a dónde se había escapado. Porque hay una diferencia importante entre gastar energía conscientemente y que te la vayan drenando gota a gota, sin que te des cuenta, por grietas que ni siquiera sabías que tenías.

La ilusión del gran esfuerzo

Tendemos a pensar que nos agotamos por las cosas grandes. El proyecto difícil, el viaje largo, el conflicto importante. Y sí, esas cosas cuestan. Pero también tienen algo a su favor: las vemos venir. Nos preparamos. Sabemos que van a exigirnos.

Lo que realmente nos vacía, en mi experiencia, son las cosas pequeñas que no catalogamos como esfuerzo. Esas que hacemos en piloto automático y que sin embargo tienen un coste real, acumulado, silencioso.

Me llevó bastante tiempo aceptarlo, porque reconocerlo implica también reconocer que no soy tan eficiente como creía, y que muchas de las cosas a las que digo que sí me están costando más de lo que admito.

Un inventario personal, sin filtros

Cuando me puse a hacer el ejercicio de verdad —escribir en papel todo lo que me había drenado energía esa semana— la lista fue bastante reveladora. Y también bastante incómoda.

Las conversaciones que evité. Cada vez que postergué una conversación difícil, esa conversación no desapareció. Se quedó ahí, ocupando espacio mental. Consumiendo energía de fondo, como una aplicación que no cerraste y sigue corriendo.

Los mensajes que contesté por inercia. No todos los mensajes merecen respuesta inmediata. Pero yo los contestaba casi todos, casi siempre, porque sentía que no hacerlo era una especie de falta. El resultado: una disponibilidad constante que no había elegido conscientemente y que me tenía siempre a medio gas.

Las situaciones que toleré en silencio. Esa reunión que se podría haber resuelto con un correo. La persona que monopoliza siempre la conversación y a la que nunca le digo nada. El ruido del entorno que aguanto porque «tampoco es para tanto». Pequeñas tolerancias que, sumadas, forman una carga considerable.

El scroll sin propósito. No el tiempo de descanso frente a una pantalla, que también es legítimo, sino ese scroll ansioso que haces cuando no sabes muy bien qué buscas. Ese que termina y te deja más vacío que cuando empezaste.

Las tareas a medias. Empezar algo y no terminarlo no solo deja la tarea sin hacer: deja una deuda cognitiva abierta. La mente sigue procesando lo inconcluso aunque tú hayas pasado a otra cosa.

Las personas, el capítulo más difícil

Este es el apartado en el que hay que ser más honesto y también más cuidadoso, porque es fácil caer en la trampa de etiquetar a la gente como «tóxica» cuando en realidad la dinámica es más compleja.

No se trata de si una persona es buena o mala. Se trata de si ciertas interacciones te dejan con más o menos energía de la que tenías antes. Y eso puede variar según el momento, el contexto, tu propio estado.

Pero hay patrones que vale la pena reconocer. La persona con quien siempre acabas hablando de sus problemas y nunca de los tuyos. La conversación en la que tienes que gestionar las emociones del otro además de las tuyas. El vínculo en el que sientes que siempre estás dando más de lo que recibes, no porque el otro sea malo, sino porque así está establecida la dinámica.

Nombrar esto no significa abandonar a nadie. Significa ser honesto sobre el coste real de ciertas relaciones y decidir, conscientemente, si estás dispuesto a pagarlo y hasta qué punto.

El mapa como herramienta

Lo que me resultó más útil no fue hacer la lista una vez, sino convertirlo en un hábito periódico. Una vez a la semana, o cuando noto que estoy más cansado de lo que debería, me hago tres preguntas:

¿Qué he hecho esta semana que me ha dado energía? ¿Qué me la ha quitado? ¿Hay algo en la segunda lista que podría reducir, eliminar o hacer de otra manera?

No siempre hay respuestas fáciles. Hay drenadores de energía que no puedes eliminar —algunas obligaciones, algunas relaciones— pero que puedes gestionar de forma distinta. Reducir la frecuencia, cambiar el formato, poner un límite de tiempo. Pequeños ajustes que, sumados, cambian bastante el resultado final.

Sobre los límites que no sabemos poner

Mucho se habla de poner límites como si fuera algo que se aprende una vez y ya está. En mi experiencia, es un trabajo constante, y sobre todo un trabajo de autoconocimiento previo. No puedes poner límites si no sabes dónde están tus grietas.

Por eso el inventario importa. No como ejercicio de victimismo ni como excusa para cerrarse al mundo, sino como herramienta de claridad. Saber qué te drena te permite tomar decisiones más honestas sobre cómo distribuyes tu tiempo y tu atención.

Y también te permite, cuando estás agotado, no culparte por ello. Porque muchas veces el cansancio no es pereza ni debilidad. Es simplemente la consecuencia lógica de haber tenido demasiadas grietas abiertas durante demasiado tiempo.

Los jabalíes son animales de gran energía, pero también de movimientos deliberados. No corren en todas direcciones a la vez. Saben cuándo avanzar y cuándo detenerse. Quizás esa sea la lección más salvaje y más útil de todas: aprender a conservar la energía no es egoísmo, es supervivencia.

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