El cambio de piel: cómo nos convertimos en personas distintas según con quién estamos
Hay una cosa que los jabalíes hacen bien: son siempre jabalíes. No se ponen corbata para ir al río ni modulan el gruñido dependiendo de quién les esté mirando. Nosotros, en cambio, llevamos un guardarropa entero de identidades y lo abrimos varias veces al día sin apenas darnos cuenta.
Esta mañana me sorprendí a mí mismo adoptando un tono de voz diferente al teléfono según si era mi jefe, mi madre o un amigo de la infancia. Tres llamadas en veinte minutos. Tres versiones distintas de la misma persona. Y lo más curioso: ninguna de las tres me pareció falsa en el momento. Todas eran yo. Pero al colgar la tercera, me quedé mirando el techo con esa sensación difusa de no saber muy bien quién había estado hablando.
La función de mañana: el yo profesional
El yo del trabajo es probablemente el más ensayado de todos. Hay frases que repetimos como actores de repertorio, posturas que adoptamos casi sin querer, un ritmo de respuesta diseñado para parecer competentes, accesibles pero no demasiado, seguros pero sin pisar a nadie. En España, donde las relaciones laborales mezclan lo formal y lo informal de una manera bastante particular, esto se vuelve especialmente complicado. Tienes que saber cuándo tutear y cuándo no, cuándo hacer la broma y cuándo guardarla, cuándo mostrar que estás agotado y cuándo fingir que todo va de maravilla.
Ese yo de oficina no es mentira, pero tampoco es del todo verdad. Es una edición. Una versión optimizada para un entorno concreto. Y mantenerla durante ocho horas seguidas tiene un coste que no aparece en ninguna nómina.
La función de tarde: el yo familiar
Luego llegas a casa, o quedas con tu familia, y el disfraz cambia. Con los padres muchos volvemos a tener diecisiete años aunque tengamos cuarenta. Con los hermanos recuperamos roles que llevan décadas sin actualizarse. El gracioso sigue siendo el gracioso. El responsable sigue cargando con todo. La oveja negra sigue sintiéndose observada.
Lo interesante de la familia es que allí no puedes construirte de cero. Ya tienen una versión tuya archivada desde hace décadas y cualquier intento de actualización suele encontrar resistencia. "Tú siempre has sido así", dicen, como si el carácter fuese algo que se fija en la infancia y ya no se mueve. Y entonces, por no discutir, por no romper el equilibrio, vuelves a ponerte esa máscara vieja que ya no te queda bien pero que al menos todo el mundo reconoce.
La función de noche: el yo de las redes
Después llega el momento del scroll. Y ahí la cosa se complica todavía más, porque en las redes sociales no solo te adaptas a un público: te construyes uno. Decides qué mostrar, qué omitir, qué filtro usar, qué pie de foto escribir para que suene espontáneo aunque lo hayas reescrito cuatro veces. El yo de Instagram o de Twitter es quizás el más calculado de todos, aunque sea el que más presume de autenticidad.
Hay algo profundamente agotador en curar tu propia imagen de manera continua. En decidir, foto a foto y texto a texto, qué versión de ti mismo merece existir en público. Y lo más paradójico es que muchas veces buscamos validación externa precisamente porque por dentro no sabemos muy bien quién somos.
El yo de la intimidad: ¿existe?
Y luego, cuando todo el mundo se ha ido y apagas la luz, queda lo que queda. Que a veces es silencio. A veces es una incomodidad sin nombre. A veces, si tienes suerte, es algo que reconoces como tuyo de verdad.
La pregunta que me lleva rondando desde hace tiempo es esta: ¿hay un yo verdadero debajo de todas esas capas, o somos la suma de todos esos personajes que interpretamos? Los psicólogos llevan décadas discutiéndolo. Erving Goffman, el sociólogo canadiense, argumentó que toda la vida social es una actuación y que el concepto de "yo auténtico" es en sí mismo una construcción. Otros, desde tradiciones más humanistas, insisten en que hay un núcleo, algo que persiste aunque cambie de forma.
Yo no tengo la respuesta. Pero sí sé lo que se siente cuando llevas demasiado tiempo sin acceder a ese núcleo, sea lo que sea. Se siente como hablar un idioma que no es el tuyo. Como llevar ropa que no te sienta bien pero que ya no recuerdas cuándo te empezaste a poner.
El precio de la fragmentación
Lo que sí está documentado, y que cualquiera que lo haya vivido reconocerá, es que mantener múltiples versiones de uno mismo tiene un coste real. No es solo cansancio social, ese agotamiento que sientes después de una reunión larga o una comida familiar complicada. Es algo más profundo: una especie de desconexión progresiva de tus propias reacciones, de lo que te gusta y lo que no, de lo que quieres decir antes de filtrar lo que conviene decir.
Algunos lo llaman alienación. Otros, simplemente, madurez. La capacidad de adaptarse al contexto es, en cierta medida, una habilidad necesaria para vivir en sociedad. El problema empieza cuando la adaptación se convierte en la norma y el acceso a uno mismo se vuelve la excepción.
Volver al rastro
No propongo aquí ninguna solución mágica ni ningún método de cinco pasos para encontrarte a ti mismo, porque eso sería exactamente el tipo de contenido que este diario intenta evitar. Pero sí creo que vale la pena hacerse la pregunta de vez en cuando: ¿cuándo fue la última vez que fui yo sin más? Sin audiencia, sin rol asignado, sin expectativas que gestionar.
Para mí, esos momentos suelen ocurrir muy temprano por la mañana, antes de que empiece la función. O caminando solo por un sitio donde nadie me conoce. O escribiendo esto, que es también una forma de actuación, claro, pero al menos es la que más se parece a lo que pienso de verdad.
El jabalí del nombre no lleva máscara. Corre, gruñe, husmea y duerme siendo siempre el mismo animal. Quizás esa sea la aspiración más honesta que podemos tener: no dejar de adaptarnos, porque eso sería imposible, pero recordar de vez en cuando cuál es el animal que hay debajo de todo lo demás.