Los yos que enterramos sin funeral: sobre despedir versiones de uno mismo
Tengo una foto de cuando tenía dieciséis años. La miro de vez en cuando, no con nostalgia exactamente, sino con una especie de extrañeza respetuosa. Ese chico en la foto tiene mis ojos, pero no es yo. O sí es yo, pero una versión que ya no existe, que murió sin que nadie lo anunciara, sin que hubiera un momento claro en el que pudiera decirle adiós.
Ese es el tipo de duelo del que quiero hablar hoy. El que no tiene fecha, ni flores, ni gente vestida de negro. El que ocurre despacio, entre semana, sin que apenas nos demos cuenta.
Morir en vida, muchas veces
Nadie nos prepara para esto. La sociedad tiene rituales bastante establecidos para los duelos externos: la pérdida de una persona, el fin de una relación, incluso la pérdida de un trabajo. Hay etapas reconocidas, hay permiso social para el dolor, hay un lenguaje compartido.
Pero para los duelos internos no hay protocolo. Nadie te dice que cuando dejas de ser el estudiante brillante que todos esperaban, o cuando abandonas el sueño con el que creciste, o cuando te das cuenta de que ya no eres la persona que esa relación larga te había convertido, estás atravesando un duelo real. Con todas sus fases, toda su confusión, todo su peso.
Y como no hay nombre para ello, muchas veces ni siquiera lo reconocemos. Lo llamamos cansancio, lo llamamos crisis, lo llamamos que últimamente no sé qué me pasa. Pero debajo hay algo más preciso: estamos llorando a alguien que éramos nosotros.
El adolescente que fuimos y que nunca despedimos bien
Empecemos por uno de los duelos más universales y menos procesados: el de la adolescencia.
Esa versión de nosotros tenía una intensidad particular, una forma de sentir las cosas que rozaba lo insoportable. Todo era más grande: el amor era absoluto, la traición era devastadora, el aburrimiento era existencial. Había una especie de pureza brutal en esa forma de estar en el mundo que, con los años, va desapareciendo.
Y está bien que desaparezca. La madurez trae perspectiva, y la perspectiva es necesaria para sobrevivir. Pero a veces, en ese proceso de templarnos, perdemos también algo que valía la pena. Una cierta capacidad de asombro. Una honestidad sin filtros. Una disposición al riesgo que luego la vida nos va limando con cada golpe.
No estoy idealizando la adolescencia, que fue para la mayoría de nosotros un período bastante caótico y doloroso. Estoy diciendo que esa versión también merecía una despedida más consciente de la que le dimos.
El yo que una relación construyó y que no sobrevivió a su final
Este es quizás el duelo menos visible y más devastador de todos.
Cuando estás mucho tiempo con alguien, te conviertes en una versión de ti mismo que existe, en parte, en función de esa persona. Adoptas gustos, referencias, formas de ver el mundo. Te conviertes en el que cocina los domingos, o en el que siempre tiene una opinión sobre las películas, o en el que cuida cuando el otro está mal. Esos roles te definen, aunque no te des cuenta.
Cuando la relación termina, no solo pierdes a esa persona. Pierdes también al yo que eras con ella. Y ese segundo duelo es el que nadie valida, porque todo el mundo asume que lo que lloras es a la otra persona.
Me pasó. Después de una relación larga, tardé meses en entender que parte de lo que me costaba no era la ausencia del otro, sino la ausencia de mí mismo. De quién era yo en ese contexto. Sin ese espejo, me costaba reconocerme.
Los sueños que enterramos a medias
Hay otro tipo de yo que muere sin funeral: el yo que iba a ser algo que ya no será.
El músico que dejó de tocar. El escritor que guardó los cuadernos. El que iba a viajar a vivir a otro país y nunca terminó de irse. Esas versiones potenciales, esos futuros que en algún momento eran reales y que luego se convirtieron en caminos no tomados, también requieren un duelo que pocas veces hacemos.
Lo que ocurre cuando no los procesamos es que se convierten en fantasmas. Aparecen en forma de melancolía sin causa aparente, de irritación cuando vemos a alguien haciendo lo que nosotros no hicimos, de una vaga sensación de que nos falta algo que no sabemos nombrar.
Darle un entierro digno a esos futuros que no fueron no significa resignarse. Significa reconocer que existieron, que importaron, y que elegir otro camino tuvo un precio real aunque también haya tenido sus ganancias.
Cómo se hace un funeral sin cuerpo
No tengo una respuesta perfecta para esto. Pero sí tengo algunas cosas que me han ayudado.
La primera es simplemente nombrar lo que se fue. Decirlo en voz alta, o escribirlo, o contárselo a alguien de confianza. Fui este yo. Ya no lo soy. Eso tuvo valor. Eso se merece reconocimiento.
La segunda es no tener prisa. Los duelos internos tienen sus propios tiempos, que no siempre coinciden con los que el mundo considera razonables. Está bien tardar. Está bien volver a sentir el peso de algo que creías resuelto.
Y la tercera, quizás la más importante: entender que despedir una versión de ti mismo no te hace menos. Te hace más complejo, más rico, más real. Cada yo que fuiste y que ya no eres forma parte del tejido de lo que eres ahora.
El jabali que soy hoy lleva consigo a todos los jabalíes que fue. Algunos los recuerdo con cariño. A otros los enterré sin flores. Pero todos merecían, al menos, que alguien los nombrara antes de irse.