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Psicología y Vida Cotidiana

Las palabras que te encogen: cómo el lenguaje heredado dibuja los límites de tu mundo

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Las palabras que te encogen: cómo el lenguaje heredado dibuja los límites de tu mundo

El idioma que te contaron sobre ti mismo

Hay una frase que me persiguió durante años. No venía de ningún libro, ni de ningún discurso importante. La decía mi madre cuando yo insistía demasiado en algo: «Tú siempre tan exagerado». Tres palabras. Un diagnóstico completo. Y yo, sin saberlo, lo fui incorporando hasta que dejé de insistir en casi nada.

No te cuento esto para señalar a mi madre, que hacía lo que podía con lo que tenía. Te lo cuento porque ese proceso —el de absorber el lenguaje que otros usan sobre nosotros hasta hacerlo propio— es uno de los mecanismos más silenciosos y efectivos con los que construimos nuestra propia jaula.

No es una metáfora poética. Es algo bastante literal. Las palabras que usamos para describir nuestra realidad no solo la nombran: la moldean. Y si el vocabulario que tienes para hablar de ti mismo es estrecho, tus posibilidades de movimiento también lo serán.

El inventario que nadie te pidió que hicieras

Prueba esto un momento. Piensa en cómo sueles presentarte cuando alguien te pregunta quién eres o cómo eres. No el currículum, no el perfil de LinkedIn. La versión honesta, la del bar o la de una tarde de domingo.

¿Qué palabras aparecen? ¿Son tuyas o son ecos de lo que otros dijeron de ti hace veinte años?

Hay gente que se describe con palabras de derrota sin darse cuenta: «soy un poco raro», «es que yo soy muy intenso», «no soy de los que...». Y hay gente que directamente habla de sí misma en negativo por costumbre, como si fuera humildad pero en realidad es un hábito aprendido de no ocupar demasiado espacio.

Eso también es lenguaje. Y ese lenguaje también construye.

Cuando el vocabulario es demasiado pequeño para el sueño

Hay una cosa curiosa que pasa cuando intentas imaginar una vida diferente a la que tienes: muchas veces no encuentras las palabras para describirla. No porque no la quieras, sino porque literalmente no tienes el léxico.

Pienso en personas que crecieron en entornos donde nadie hablaba de «proyectos personales», de «límites saludables», de «necesidades emocionales». No es que esas cosas no existieran en sus vidas, es que no tenían nombre. Y lo que no tiene nombre es muy difícil de reclamar, de defender o de construir.

En cambio, si creciste oyendo hablar de esfuerzo como sinónimo de sufrimiento, de ambición como sinónimo de egoísmo, de pedir ayuda como sinónimo de debilidad... pues eso también se instala. Y cuando intentas salir de ahí, el propio lenguaje te frena porque no tienes palabras alternativas a mano.

No es falta de inteligencia. Es falta de vocabulario. Y eso tiene solución.

El jabato que aprende a renombrarse

Hay algo poderoso, casi subversivo, en el acto de cambiar el nombre que le das a las cosas que te pasan. No para engañarte, no para hacer positivismo barato. Sino para abrir posibilidades donde antes había un muro.

Por ejemplo: hay una diferencia enorme entre decir «soy un fracasado» y decir «este proyecto no funcionó como esperaba». La primera frase define a una persona entera. La segunda describe un hecho concreto. Una cierra, la otra deja una puerta.

O entre decir «es que yo soy así» —frase que en España hemos elevado casi a filosofía de vida— y decir «hasta ahora he tendido a hacer esto, pero no estoy seguro de que sea lo que quiero seguir haciendo». La primera es una sentencia. La segunda es una conversación abierta contigo mismo.

El jabato que aprende a renombrarse no se convierte en otra persona. Se convierte en una versión más libre de la misma.

Lo que pasa cuando amplías el mapa

Cuando empiezas a prestar atención al lenguaje que usas contigo mismo, al principio resulta incómodo. Hay frases tan automatizadas que ni las percibes como lenguaje, sino como verdades objetivas. «Yo no valgo para esto» no suena a opinión, suena a hecho. Y desmontarlo requiere un esfuerzo que puede sentirse artificial al principio.

Pero pasa algo interesante con el tiempo: cuando empiezas a tener más palabras para describir lo que sientes, lo que quieres o lo que te duele, también empiezas a tener más opciones sobre cómo responder a ello. No es magia, es que el pensamiento se apoya en el lenguaje, y si el lenguaje se expande, el pensamiento también puede hacerlo.

Leer ayuda. Hablar con personas que tienen vocabularios distintos al tuyo ayuda. Terapia ayuda, entre otras cosas, porque pone nombre a cosas que llevabas años sintiendo sin poder nombrar. Escribir —aunque sea un diario, aunque sea caótico— ayuda, porque te obliga a buscar las palabras en lugar de dejar que el sentimiento se quede flotando sin forma.

Una última cosa antes de cerrar

No estoy diciendo que con cambiar las palabras se cambia la vida de golpe. Eso sería vender algo que no tengo. Lo que sí creo es que el lenguaje es el territorio donde se libran muchas de las batallas más importantes que tenemos con nosotros mismos, y que la mayoría de nosotros llegamos a esa batalla con un vocabulario que no elegimos.

La pregunta no es si el lenguaje que heredaste te ha limitado. Casi seguro que sí, en alguna medida. La pregunta es si vas a seguir usándolo sin cuestionarlo, o si vas a tomarte el trabajo —lento, a veces incómodo, pero tuyo— de construir uno que se ajuste mejor a quién eres y a lo que quieres.

Yo todavía estoy en eso. Y supongo que tú también, si has llegado hasta aquí.

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