Diario de un Jabali All articles
Psicología y Vida Cotidiana

Construir para derrumbar: el extraño consuelo de las ilusiones que sabemos pasajeras

Diario de un Jabali
Construir para derrumbar: el extraño consuelo de las ilusiones que sabemos pasajeras

Hay una imagen que me persigue desde hace tiempo. Un crío en la playa, de rodillas sobre la arena mojada, con la lengua fuera de concentración, levantando torres que sabe perfectamente que el mar se va a llevar en cuestión de horas. No llora por eso. No para. Sigue construyendo.

Yo he sido ese crío muchas veces. Y apuesto a que tú también.

El proyecto que nunca ibas a terminar

Recuerdo una época en la que me obsesioné con aprender a tocar el bajo. Compré uno de segunda mano en Wallapop, me bajé tutoriales de YouTube, hablé de ello en cenas como si fuera mi nueva identidad. Duró tres meses. El bajo lleva dos años apoyado contra la pared del cuarto de invitados, mirándome con esa mezcla de reproche y resignación que solo saben poner los instrumentos abandonados.

Pero aquellos tres meses fueron, objetivamente, buenos. Tenía algo hacia lo que mirar por las mañanas. Un pequeño proyecto secreto que era completamente mío.

Lo curioso es que en algún momento, quizás al mes y medio, ya sabía que no iba a convertirme en bajista. Y seguí igual. Porque la ilusión no dependía del resultado final. Dependía del proceso, de tener algo que construir.

Por qué el cerebro necesita castillos aunque sean de arena

Los psicólogos llevan décadas estudiando lo que se conoce como future self continuity, la capacidad de proyectarse hacia el futuro y sentir conexión con esa versión de uno mismo. Cuando esa conexión falla, cuando el mañana nos parece un territorio extraño y ajeno, el presente se vuelve insoportablemente pesado.

Las ilusiones, incluso las temporales, incluso las que sabemos condenadas, funcionan como puentes. No hacia un destino concreto, sino simplemente hacia adelante. Son la razón por la que hay gente que planifica unas vacaciones que sabe que probablemente cancelará, o que empieza una dieta el lunes con una convicción que el miércoles ya empieza a tambalearse, o que se apunta a un máster sin estar del todo segura de querer cambiar de carrera.

No es autoengaño, o no del todo. Es una forma de mantener el motor encendido.

El derrumbe también enseña

Claro que luego viene el momento en que la ola llega. El proyecto se abandona, la relación se acaba, el entusiasmo se evapora. Y ahí es donde muchos nos quedamos atascados: en la culpa por haber creído, en la vergüenza de haber contado algo que luego no fue, en la sensación de que deberíamos haber sabido que no iba a funcionar.

Pero el crío de la playa no se queda llorando sobre la arena aplastada. Se sacude las manos y empieza a buscar el siguiente montículo húmedo.

Lo que el derrumbe nos dice, si somos capaces de escucharlo sin castigarnos, es información pura. Nos habla de qué partes del castillo nos importaban de verdad y cuáles eran decoración. Nos enseña dónde construimos por impulso genuino y dónde lo hicimos para llenar un hueco que en realidad pedía otra cosa.

Yo con el bajo aprendí que lo que necesitaba no era música, sino un territorio propio. Algo que no tuviera que compartir ni justificar. El instrumento era lo de menos.

Cuando la ilusión se convierte en trampa

Hay que ser honesto, sin embargo. No todas las ilusiones pasajeras son sanas. Algunas funcionan como escapes sistemáticos, como una forma de no mirar lo que de verdad está pidiendo atención.

Conozco a gente que encadena proyectos como quien cambia de canal: el negocio propio, el viaje transformador, la nueva ciudad, la nueva pareja. Siempre hay algo emocionante en el horizonte que justifica no resolver lo que está aquí, en el sofá, mirándote a la cara.

La diferencia entre una ilusión que nutre y una que evade no siempre es fácil de ver desde dentro. Pero hay una pregunta que suele ayudar: ¿este castillo lo estoy construyendo porque me apetece construir, o porque no quiero ver lo que hay cuando dejo de mover las manos?

La impermanencia como compañera, no como enemiga

En algún momento de la vida, si tienes suerte o si te golpeas lo suficiente, dejas de pelear contra la idea de que las cosas no duran. No porque te rindas, sino porque empiezas a entender que la duración no es la única medida de valor.

Un verano puede ser completo aunque acabe. Una amistad intensa que se disuelve con los años no fue un fracaso. Un proyecto abandonado que te tuvo vivo durante seis meses hizo su trabajo.

Los japoneses tienen una palabra para esto, mono no aware, que viene a describir esa melancolía agridulce que produce la belleza precisamente porque es fugaz. Los cerezos en flor duran dos semanas y por eso la gente se planta debajo a mirarlos con una atención que no le dedicaría a un árbol siempre verde.

Quizás nuestros castillos de arena merezcan ese mismo respeto. No menos por ser temporales, sino quizás un poco más.

Lo que construyes dice quién eres

Hay algo revelador en el tipo de ilusiones que cada uno fabrica. El jabato que siempre fantasea con irse a vivir al campo. La que cada año en enero se imagina corriendo una maratón. El que lleva una década pensando en escribir esa novela.

Estos sueños recurrentes, aunque nunca se materialicen del todo, no son ruido. Son señales. Apuntan hacia algo que importa, hacia una versión de nosotros mismos que reconocemos como más auténtica, aunque no sepamos cómo llegar hasta ella o si de verdad queremos hacerlo.

A veces el castillo de arena no es el destino. Es el mapa.

Seguir construyendo

No tengo una conclusión ordenada para esto, y me parece bien. La vida tampoco la tiene.

Lo que sí tengo es la convicción de que hay algo profundamente humano, y bastante sabio, en la capacidad de ilusionarse con cosas que quizás no duren. En apostar por el proceso cuando el resultado es incierto. En levantar torres sabiendo que el mar existe.

El jabato que construye castillos de arena no es ingenuo. Es alguien que ha aprendido, de una forma u otra, que el movimiento mismo tiene sentido. Que estar construyendo algo, aunque sea pequeño, aunque sea efímero, es infinitamente mejor que quedarse paralizado mirando cómo sube la marea.

Así que si tienes un proyecto a medias, una ilusión sin forma todavía, o un bajo apoyado contra la pared que te mira con resignación: no pasa nada. Sigue construyendo. Ya habrá tiempo para ver qué se lleva el mar y qué, sorprendentemente, se queda.

All Articles

Keep Reading

El jabato de la ducha: todo lo que te atreves a decir cuando no hay nadie escuchando

El jabato de la ducha: todo lo que te atreves a decir cuando no hay nadie escuchando

Las palabras que te encogen: cómo el lenguaje heredado dibuja los límites de tu mundo

Las palabras que te encogen: cómo el lenguaje heredado dibuja los límites de tu mundo

El 'no' que nunca aprendiste a decir: cómo recuperar el territorio que siempre fue tuyo

El 'no' que nunca aprendiste a decir: cómo recuperar el territorio que siempre fue tuyo