Diario de un Jabali All articles
Reflexiones y Relaciones

Por qué seguimos abriendo puertas que ya sabemos que hacen daño

Diario de un Jabali
Por qué seguimos abriendo puertas que ya sabemos que hacen daño

Hubo una persona en mi vida —no voy a dar más detalles porque no hace falta— con la que rompí tres veces. Cada ruptura fue definitiva. Cada regreso fue inevitable, o al menos así me lo parecía en ese momento. Y lo más desconcertante no era volver. Era que cada vez que volvía, una parte de mí sabía perfectamente lo que iba a pasar. Y volvía igual.

Eso no es estupidez. Tampoco es masoquismo, aunque desde fuera lo parezca. Es algo bastante más complicado y bastante más humano.

La atracción que no se explica con la lógica

Cuando alguien nos pregunta por qué seguimos con una persona que nos hace daño, la respuesta instintiva suele ser "porque le quiero" o "porque es complicado". Ambas cosas pueden ser verdad, pero ninguna de las dos llega al fondo del asunto. Porque la pregunta más honesta no es por qué queremos a esa persona, sino por qué ese tipo de relación, con su mezcla específica de intensidad, incertidumbre y dolor, nos resulta tan magnética.

La psicología del apego lleva décadas intentando responder esto. John Bowlby, cuya teoría sigue siendo uno de los marcos más útiles para entender cómo nos relacionamos de adultos, argumentó que los patrones que desarrollamos en la infancia con nuestras figuras de cuidado se convierten en una especie de plantilla. No una condena, pero sí un punto de partida muy potente.

Dicho de forma más sencilla: si aprendiste que el amor viene acompañado de ansiedad, de tener que ganártelo, de ciclos de distancia y acercamiento, entonces una relación estable y predecible puede sentirse, en el nivel más irracional, como algo aburrido. O incluso como algo que no merece confianza.

El dolor familiar y la nostalgia que no reconocemos

Hay una frase que escuché hace tiempo y que no he podido sacudir desde entonces: "No buscamos lo que nos hace felices, buscamos lo que nos resulta familiar". Y lo familiar, para muchos de nosotros, no fue siempre cómodo.

Esto no significa que todos tengamos infancias terribles ni que la culpa sea siempre de los padres, ese reduccionismo fácil que tanto daño hace. Significa que los seres humanos tendemos a reproducir lo que conocemos porque lo conocido, aunque duela, al menos es predecible. Y la predictibilidad, a un nivel muy primitivo, se siente como seguridad.

Cuando volvemos a una persona que ya nos ha hecho daño, a veces estamos volviendo a algo más antiguo que esa relación concreta. Estamos repitiendo un guión que empezó mucho antes, intentando, quizás, que esta vez termine de otra manera. Es lo que algunos llaman compulsión de repetición: la tendencia inconsciente a recrear situaciones dolorosas con la esperanza, también inconsciente, de resolverlas por fin.

La intensidad como sustituto de la profundidad

Otra pieza del puzzle es esta: las relaciones con personas que nos hacen daño suelen ser muy intensas. Y la intensidad emocional, cuando no hemos aprendido a distinguirla de la profundidad real, se confunde fácilmente con amor verdadero.

El drama, los ciclos de pelea y reconciliación, la incertidumbre sobre si la otra persona está o no está, todo eso activa el sistema de recompensa del cerebro de una manera que una relación tranquila y sólida simplemente no activa de la misma forma. No porque lo tranquilo sea menos valioso, sino porque lo incierto genera más dopamina. El cerebro se engancha al puede-que-sí-puede-que-no de la misma manera que se engancha a una máquina tragaperras.

En España, donde la cultura romántica ha estado muy influida por narrativas de pasión desbordante, de amor que supera obstáculos, de "si no duele no es de verdad", esto se amplifica. Hemos crecido con canciones, películas y novelas que glorifican el amor tormentoso y presentan lo estable como algo gris. Desaprender eso lleva tiempo.

Reconocer el patrón sin destruirte por ello

Lo más difícil de este proceso no es entender intelectualmente por qué volvemos. Eso, con algo de lectura y algo de honestidad, se puede hacer en una tarde. Lo difícil es que entender no basta para cambiar el comportamiento. Puedes saber perfectamente que estás repitiendo un patrón y seguir repitiéndolo. Puedes tener clarísimo que esa persona no te conviene y seguir sintiendo ese tirón en el pecho cada vez que te escribe.

El conocimiento es necesario pero no suficiente. Lo que hace falta, además, es tiempo, paciencia con uno mismo y, en muchos casos, alguien con quien trabajar esos patrones más despacio. No lo digo como publicidad de la terapia, sino como algo que a mí y a muchas personas cercanas les ha servido cuando el bucle se volvía demasiado difícil de salir solo.

Y también hace falta algo que cuesta mucho: dejar de juzgarte por volver. Cada vez que nos fustigamos por haber caído de nuevo, añadimos una capa de vergüenza que paradójicamente hace más difícil salir. La vergüenza aísla. Y el aislamiento nos hace más vulnerables a buscar conexión en los lugares de siempre, aunque esos lugares nos hagan daño.

La jaula que conocemos

Volver a una persona tóxica no es siempre una señal de que no te quieres. A veces es una señal de que llevas mucho tiempo aprendiendo a querer de una forma determinada y que cambiar eso requiere algo más que voluntad. Requiere reescribir, poco a poco, lo que te parece normal en una relación.

El camino de salida de la jaula existe. Casi siempre lo hemos visto. El problema es que a veces la jaula se parece tanto a casa que salir de ella no se siente como libertad, sino como pérdida. Y hasta que no empezamos a construir algo nuevo fuera, algo que se sienta suficientemente real y suficientemente nuestro, el tirón de volver es muy fuerte.

No tengo una conclusión limpia para esto. Nadie la tiene. Pero sí creo que el primer paso es dejar de preguntarse "¿por qué soy tan tonto?" y empezar a preguntar "¿qué parte de mí sigue creyendo que esto es lo que merece?". Esa pregunta, aunque duele más, lleva a algún sitio.

All Articles

Related Articles

Lo que guardamos bajo llave: vivir con los arrepentimientos que nunca contamos

Lo que guardamos bajo llave: vivir con los arrepentimientos que nunca contamos

Dónde se va la energía: un inventario honesto de lo que nos deja secos

Dónde se va la energía: un inventario honesto de lo que nos deja secos

Un bocado cada vez: confesiones de alguien que aprendió a dejar de hacer todo a la vez

Un bocado cada vez: confesiones de alguien que aprendió a dejar de hacer todo a la vez